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miércoles, 24 de abril de 2013

Duelo de egos


Yo sé que todo se basa en una necesidad napoleónica de realizarte en los corazones colgantes de las muchachas en florescencias. Yo sé que todo es el dictamen de un dictador diminuto y perecedero en búsqueda de la eternidad y la destrucción a la par lo que te empuja a este sembrado y barrido de promesas en jeroglíficos. Veo las flores tiritando con tus esquivos besos y tus provocaciones a punto de caer como espada de Damocles sobre este retrato nuestro. Sabes que soy una paranoica y que me gusta anticiparme al dolor y que tarde o temprano me alejaré por el dictado de sombras de mi ego y lo haré en el momento en el que más te duela. Sabes que tenemos una edad y un sin fin de posibilidades se nos abren a cada paso en el horizonte. Un pequeño complejo de mesías aún grita en nuestro dolor ciego, el imperativo de un eco de antaño suena a marcha imperial, contemplas todo el esplendor de los corazones expectantes y me dices innumerables ambivalencias que me llegan como una bofetada a mi intelecto.
Huyo a veces de este desierto que nos envuelve, el aire quema cuando nos mecemos en las polaridades del querer, lanzas un azote añil al viento y me regresas a mi triste puesto de emperatriz. Me dices que el futuro tiene mi nombre y te digo que no me lo creo. Me quedo un poco más para aprender de ti pero no te confíes nunca de mi, tengo un Atila en el corazón.

El mosquito


Un dios caprichoso matando corduras como quién mata el tiempo, decidió aquella semana un complot universal para retar mi dieta. Yo me negué a caer en sus viejas trampas, de olores repentinos, de ausencias de ensaladas en los menús del día, de invitaciones de amigos cuando la nevera desnuda hace irritar mi intestino siempre un tanto hablador. Pero, más listo que yo siempre, ya tenía preparada una nueva táctica para burlar mi régimen. Mientras tomaba tranquilamente mi sopa de menestras un talibán culícido cayo al líquido espeso apresurando la corriente hacia mi boca. Hacía mi boca y hacia mis entrañas casi sin darme cuenta, jodiendome la dieta y todos los discursos vegetarianos a la hora de la cena.

martes, 23 de abril de 2013

Pensamientos locos después de una entrevista de trabajo


Hoy fui a una entrevista de trabajo, querían al mejor sofista en tiempos en los que el diálogo socrático es llevado a chirona, lo he visto por todas las calles de esta ciudad caótica y hasta ya se atreven a contarlo en los telediarios. Decían que buscaban un artista retórico, un domador de bestias, un pastor de rebaños consumistas que puedan ser conducidos a la senda de la marca. Nuestra marca, la única a la que deberé fidelidad a cambio de 800 euros, antaño habría añadido míseros pero hoy, me contengo. Mi oficio es otro, mi corazón quiere llevarme a menesteres por los que yo crecí. Pero Vivimos en tiempos en el que el corazón no cuenta y un psicólogo tiene que ponerse  a vender bombones para seguir formándose. El conocimiento y, sobre todo, acreditar ese conocimiento cuesta y por ello esta mujer sin escrúpulos se vendería al mismísimo diablo si fuese necesario.
Y el diablo está muy cerca últimamente de Madrid. Lo noto, todas las entrevistas de trabajo huelen a azufre y yo tengo que aprender a moverme con ‘La Divina Comedia’ bajo el brazo. Es duro, una se acostumbra, ‘en peores te has visto, corason’ me dice algo recóndito aquí dentro. Pero termina minándote y no quiero esto, no quiero más esta prostitución del alma. Que alguien me dé ya el próximo billete a Stuttgart ó a dónde quiera que haya esperanza.

Amar a lo bestia



En cualquier rincón de la Tierra hay un lamento de amor en estos momentos. Un montón de besos pretenden emprender el vuelo cargados de toneladas de mitos. Puedo oír todos esos corazones, como relojes rotos mientras ceno un poco de ramen en silencio. Alguien me dice, “enciéndete y llora “, “desángrate como el dios bíblico de tus padres”, “el amor es el equivalente al suicidio”. Pero yo ya casi no lloro. Se marchó y quizá un par de lágrimas cayeron en su momento, quizá un par de paseos con el corazón revoloteando en el pecho y poco más. ¿Para qué más? Incluso me alegré con cierta culpabilidad absurda de su marcha, me alegré por él, me alegré por mi, porque esa es la vida que yo quiero en estos tiempos, el vuelo constante, el labio indeciso del futuro, el labio seguro del presente. No lloro, no, no lloro, tan solo respiro. Lo aprendí de las aves del otoño pasado, de los ojos de jade de los felinos perdidos en mi cuarto, lo aprendí del semblante de los astados. Y no lloro más, ya casi no lloro por nada. Solo a veces me distraigo por instantes y recuerdo que solía tocar su pelo.