Hoy fui a una entrevista de trabajo, querían al mejor sofista en tiempos en los que el diálogo socrático es llevado a chirona, lo he visto por todas las calles de esta ciudad caótica y hasta ya se atreven a contarlo en los telediarios. Decían que buscaban un artista retórico, un domador de bestias, un pastor de rebaños consumistas que puedan ser conducidos a la senda de la marca. Nuestra marca, la única a la que deberé fidelidad a cambio de 800 euros, antaño habría añadido míseros pero hoy, me contengo. Mi oficio es otro, mi corazón quiere llevarme a menesteres por los que yo crecí. Pero Vivimos en tiempos en el que el corazón no cuenta y un psicólogo tiene que ponerse a vender bombones para seguir formándose. El conocimiento y, sobre todo, acreditar ese conocimiento cuesta y por ello esta mujer sin escrúpulos se vendería al mismísimo diablo si fuese necesario.
Y el diablo está muy cerca últimamente de Madrid. Lo noto, todas las entrevistas de trabajo huelen a azufre y yo tengo que aprender a moverme con ‘La Divina Comedia’ bajo el brazo. Es duro, una se acostumbra, ‘en peores te has visto, corason’ me dice algo recóndito aquí dentro. Pero termina minándote y no quiero esto, no quiero más esta prostitución del alma. Que alguien me dé ya el próximo billete a Stuttgart ó a dónde quiera que haya esperanza.

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