jueves, 25 de abril de 2013

Odios odiosos


Hay días que de pronto me sobreviene un hambre de guerra después de largos lapsos de pseudopaz, enciendo el portátil dentro de mi claustro diminuto  y me conecto a internet. Normalmente sé dónde podré lanzar piedras en forma de verbos incendiados, sé qué cosas me cargan de ira homicida, ¡pues claro, me conozco ya algo después de 26 años! Y por eso voy directa, cabalgando como jinete del apocalipsis a acabar con toda la lacra intelectual del antrpocentrismo. Qué ironía, mi ego luchando contra el ego humano, pero así soy yo. A veces entro a un foro de chilenos estúpidos que sueltan vómitos sobre mi país y sus gentes a base de prejuicios tan simplistas que me producen carcajadas ¿Dónde estudió esta gente? ¿Por qué nadie les enseñó a discernir entre lo general y lo particular? La mente cuadriculada e inflexible y la urgencia de ordenar el mundo llevándose a quien sea por delante no les deja. Doy gracias a mi familia, a algún
que otro profesor de secundaria, a los amigos, a algún amante que más que amante hizo de maestro por enseñarme el pensamiento divergente. 
Otra cosa que odio hasta la saciedad, es el maltrato a los animales. Desde hace unos años me he radicalizado un tanto en esta postura pero es obvio que cuanto más coherente uno se haga en un asunto más radical resulta para los demás. No digo que el radicalismo sea bueno, pero oye, es más coherente que soltar un collage de discursos dictados por una sociedad enferma que solo busca la deseabilidad y el hedonismo. Como terapia de choque me dirijo a paginas donde el horror del ser humano se te incrusta en los sueños y toda tu inocencia se rompe de pronto con el grito de la realidad. He de hacerlo, es mi dogma. Escribo mensajes a torturadores, mando cartas a políticos que los secundan o peor aún, no hacen nada ante el preludio de un pequeño holocausto, y grito todo lo que puedo desde el silencio de mi habitación y creo que hago algo, pero no estoy segura de ello. También he salido a la calle y me he metido en la boca del lobo a contemplar como el salvajismo digiere toda la belleza que pare estas tierras y he salido indemne, con una multa pero indemne. Seguiré haciéndolo, no lo puedo evitar, esta rabia natural  ante todo lo que considero injusto no se domestica en una vida. Pero este sentimiento tan fuerte me hace ver más claro aquello de que el odio sólo genera odio.

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