martes, 23 de abril de 2013

Amar a lo bestia



En cualquier rincón de la Tierra hay un lamento de amor en estos momentos. Un montón de besos pretenden emprender el vuelo cargados de toneladas de mitos. Puedo oír todos esos corazones, como relojes rotos mientras ceno un poco de ramen en silencio. Alguien me dice, “enciéndete y llora “, “desángrate como el dios bíblico de tus padres”, “el amor es el equivalente al suicidio”. Pero yo ya casi no lloro. Se marchó y quizá un par de lágrimas cayeron en su momento, quizá un par de paseos con el corazón revoloteando en el pecho y poco más. ¿Para qué más? Incluso me alegré con cierta culpabilidad absurda de su marcha, me alegré por él, me alegré por mi, porque esa es la vida que yo quiero en estos tiempos, el vuelo constante, el labio indeciso del futuro, el labio seguro del presente. No lloro, no, no lloro, tan solo respiro. Lo aprendí de las aves del otoño pasado, de los ojos de jade de los felinos perdidos en mi cuarto, lo aprendí del semblante de los astados. Y no lloro más, ya casi no lloro por nada. Solo a veces me distraigo por instantes y recuerdo que solía tocar su pelo.

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